Inicio Sanación del Útero El Sitema de Creencias Patrialcal o El Miedo al amor.
El Sitema de Creencias Patrialcal o El Miedo al amor. PDF Imprimir E-mail
Escrito por Ana Silvia Serrano   
Martes, 29 de Septiembre de 2009 20:21

Son muchas las veces que de manera reiterada hablamos de un “patriarcado” y la mayoría de la gente no sólo no comprende estos términos, sino que se burla al escucharlos, como si fuera por esa misma burla que uno “señala” esos comportamientos como negativos y reprochables.
El patriarcado existe, como una forma de sistema de pensamiento, y que surge hace más de 3,200 años con la invasión de los pueblos guerreros asiáticos, atacando al continente europeo, entre los cuales se pueden mencionar a los “Kurganos”. Por otro lado, se puede ver este surgimiento en todos los mitos que en los mismos tiempos, 1,200 a.C. se manifestaron en la tierra entera, entre otros, el mito de Osiris y Seth, en Egipto; el mito de Huitzilopochtli, en Mesoamérica; el mito de Marduck y Tiamat en medio oriente; mostrando cómo este movimiento planetario y energético plasmaba esta “manera de vivir y de pensar” que imponen al hombre como representante de este sistema, donde es su figura e imagen, elevada a una conceptualización de “Dios” (varón) se superpone a la imagen de la mujer en “la Virgen” quien queda a las órdenes y sometimiento por el hombre en la tierra

Arrebataron el poder de la mujer, en muchas ocasiones, y de muchas formas, de todas las posibles. Es difícil mencionar de manera precisa cómo se ha hecho en tiempos antiguos, pero sí se puede decir que en la época de la sociedad agraria (antes de la invasión de los Kurganos, como referencia) cuando la mujer gobernaba, era una sociedad de “inclusión”. La mujer dirigía, ella decía qué se debía hacer, incluyendo al hombre como complemento de las actividades femeninas, ya que todas eran actividades femeninas…la siembra, la cosecha, el tejido, la alimentación, las actividades sociales, todo tenía que ver con la energía femenina. Y la mujer, era la que detentaba el conocimiento…en el transcurso de este tiempo, la mujer era sabia, profetiza, sacerdotisa. Después fungió como pitonisa, evangelista, sibila, astrónoma, astróloga, médica, sabia, y hasta llegar a la etapa de la inquisición.

La inquisición se dedicó a perseguir a aquellas “mujeres sabias” a las que alude la historia como aquellas consejeras de los reyes, de los jefes de estado y que compitieron con el poder eclesiástico, mismo que sigue vigente. No ahondaré en el tema, pero sí quisiera dejar en claro que estas mujeres de sabiduría (llamadas “brujas”) fueron quemadas, perseguidas, asesinadas, por esta institución, y que promueve de alguna manera aún el día de hoy, el sometimiento y degradación de la mujer, en las diferentes sociedades actuales.
Ya más recientemente, después de la II Guerra Mundial, el sistema de creencias fue enfocado no sólo para la “procreación de seres”, con el pretexto de la pérdida de tantas vidas, sino con el fin de confinar a la mujer en su casa, cuando surgen las creencias de que la mujer debe permanecer en su hogar, para poder ser calificada como “una buena mujer”; o para ser una “buena madre” esta mujer debía permanecer encerrada con sus hijos en su casa, aquella que no lo hiciera así, sería “una mala madre”. Cosa que hoy por hoy parece ridículo, ya que por otro lado, se abrían las puertas a la mujer para entrar al mundo del trabajo, debido a las condiciones de la guerra, tanto por la política de los países como la creación de todo un grupo que ofrecía una mano de obra laboral de gran importancia y envergadura porque representaba inmensos ingresos a las empresas. Pero a esas mujeres se les denigró, por ser mujeres necesitadas de dinero y por no tener un marido (trabajador y responsable de una familia) que las mantuviera de manera decente y formal.

Es importante mencionar que el surgimiento de este sistema de creencias, repercute en la mutilación de la energía femenina. En la mujer impacta tanto en el físico, como el emocional, mental y energético, debido a que ella es la representante de esta energía en la tierra. Cuando digo impacta en el físico, me refiero a que de ahí surgen los miomas, quistes, tumores, endometriosis, etc. En el hombre impacta de igual forma, pero como representante de la energía masculina o contraria a la femenina, impacta de manera diferente, creando un gran estrés y tensión en su actuar en la vida, para con él y para con los otros. Se le exige ser trabajador, responsable (de su prole), fuerte, adinerado, poderoso, conocedor de todas las cosas, bueno para el amor, padre ideal, etc., cosa que no es posible, real ni verdadero.

En este trabajo pretendo mostrar cómo y cuáles son los mecanismos del patriarcado que golpea la psique del hombre, haciéndolo creer que el hombre detenta una superioridad sobre la mujer, institucional, física, y moral. Y no solamente se trata de señalar lo que golpea o a quien golpea, sino que se trata de mostrar sino que se trata de echar luces sobre la posible puerta de salida que hoy día la energía abre para aquellos que desean un mundo mejor, de paz y crecimiento y no de violencia, ataque y muerte.


“Somos un producto del patriarcado, donde desde el inicio de nuestra vida comenzamos a caminar en el miedo, la dependencia, el control y la separación de nosotros mismos”
El Miedo a la Traición, en el Hombre

A través de la historia, podemos leer que el sistema patriarcal castiga a la mujer que estando con un hombre, se va con otro. Esto en las diversas sociedades se ha tratado como “adulterio”; pero en realidad de lo que estamos hablando es de “la traición”. La mujer que no es legal y honesta (aunque tenga otras relaciones) que no se atreve a aceptar que está con otra pareja, comete la traición al hombre. Es un tema difícil ya que a pesar de que el hombre sí puede tener otras relaciones, legalmente (ver la historia donde legalmente se acepta que el hombre puede tener todas las mujeres que desee siempre y cuando se haga cargo de ellas, en Mesoamérica…) este exige lealtad y fidelidad. Cosa que se convierte en un tema difícil de entender para la mujer.
Probablemente el miedo en el hombre a ser traicionado pueda comprenderse mejor a partir del mito de Edipo, que nos habla del abandono de su madre. Edipo, fue el hijo de unos reyes en Grecia, pero al estar en el vientre de la madre, el oráculo le predestinó que al nacer este niño, mataría a su padre y se casaría con su madre. Ella, al saber esto, lo regala con la consigna de que sería asesinado para que esta predestinación no se cumpliera. Pero las personas que debían matarlo no lo matan. Lo crían, y cuando adulto, emprende el viaje para ir a buscar a sus padres. Se dice que en el camino, se encuentra con un hombre en el bosque que lo amenaza, y lo mata. Sigue su camino hasta la ciudad y se encuentra con la belleza de la reina de quien se enamora. Cuando se casa con ella, y posteriormente se entera de que ella es su madre y que aquél hombre que asesina en el camino, era su padre, este se saca los ojos para no ver más.
Según el mito, este representa precisamente el abandono del hombre, por su madre. Ese es el renglón a atender.
El primer amor del ser es la madre, y lo que espera de ella, desde su inconciente y que sucede al nacer, es que la madre lo acoja, lo arrope, lo bese, lo arrulle y lo ame por siempre. Sin embargo, esto no sucede ya que en la sociedad patriarcal (que implica la existencia de este inconciente colectivo, donde todos estamos enganchados) cuando el niño (o la niña) nacen, para la madre, lo más importante es su marido, a quien dando a luz, también da gusto al hombre en aras de preservar no sólo la humanidad, sino su apellido a través del tiempo y el espacio.
El mito es una realidad creada a partir de los dioses, donde según Mircea Eliade, este nos sirve para reproducir y recrear el modelo de estos, donde los hombres se vuelven entonces los protagonistas.
En este mito, se siembra así, el miedo del niño a ser abandonado, pero también del hombre que toma conciencia de que ese abandono, no es más que la traición de la madre. Esta memoria, que queda grabada en la psique del hombre, está sostenida y fundamentada en el miedo, ya que al morar esta emoción dentro del ser, esta reiterará todas las veces que sea necesario para que como oportunidad de la existencia en la tierra, este aprenda que ese dolor que vive, que sufre es la lección que no ha logrado aprender.
Son muchas las formas en las que esta herida se puede presentar y estas aparecen imbuidas de la máscara de la sombra, donde muy pocos ojos pueden apreciar.

En su obra, “El Viento de Amón” Eduardo Grecco escribe:

"En la medida que nosotros no abrimos la puerta de nuestra sombra, la sombra salta a la conciencia a través de los síntomas, a través de los sueños, a través de una serie de caminos que igual nos obligan a aprender pero, en realidad, el verdadero trabajo radica en ser nosotros los que abramos la puerta de nuestra sombra para zambullirnos en ella, descender en sus abismos. Y nuestra sombra, más allá de los síntomas y los sueños, son siempre los otros en nuestra vida. Es a través de los otros como descubrimos nuestra sombra. De manera que el secreto está en abrazar a los otros y bailar en la vida, como en el tango, sin soltar el abrazo hasta que la música deje de sonar.
Los otros reflejan lo que nosotros no vemos de nosotros mismos, son como espejos. Si ustedes ven un espejo, el espejo tiene atrás una parte oscura que se llama azogue, el espejo para ser espejo tiene que tener azogue, tiene que tener su sombra. Si no, uno vería a través del espejo y el espejo no cumpliría su función. Es decir sin sombra, sin azogue, no hay posibilidad de reflejo. Los otros son como el azogue de mi vida, veo en el otro lo que no veo en mí. Por eso abrazar las relaciones es la llave maestra para trabajar nuestra sombra. Cuando uno rehúye los vínculos que la vida nos propone lo que está haciendo es rehuir este sendero que tiene que transitar.
Es notable en la descripción que el diccionario hace de la palabra llave: “un instrumento que se usa para abrir y cerrar las cerraduras incorporadas en objetos que se pretenden proteger de accesos ajenos”.
Cuando no podemos ver nuestra sombra, la sentimos ajena a nosotros, algo ajeno que nos molesta y que preferimos dejar fuera cerrando con llave las puertas de su ingreso. Pero la sombra aparece detrás de la puerta, como una penumbra, como un espejo, es reflejo y por ello nos abruma.
Jorge Luis Borges en un maravilloso poema sobre los espejos dice:

Ya que sentí el horror de los espejos
No solo ante el cristal impenetrable
Un imposible espacio de reflejos…
No acecha el cristal si entre
Las cuatro paredes de la alcoba hay
Un espejo.
Yo no estoy solo. Hay otro
Hay el reflejo que armo en el
Alba un sigiloso teatro.
(Los Espejos)

Siempre es un otro que por las buenas o por las malas nos precipita en la sombra. A veces, me embarco en frases tales como ‘me traicionó, me engañó, “me rompió el corazón”, “por su culpa me deprimí’. Es un otro. Pero el otro hizo eso de esa manera porque yo no lo habría hecho de otra manera. Es decir, si no lo aprendí por las buenas, lo aprendo por las malas.
Cuando no lo aprendo por el camino de los emergentes espirituales, lo aprendo por el camino de las emergencias. Cuando hay algo de lo que no me quiero desprender, pierdo o me roban algo. Entonces, cuando a uno le roban algo o pierde algo, hay que preguntarse ¿qué es lo que no quiero soltar, de lo que no me quiero desprender o desapegar?

 

La máscara del rechazo

El rechazo se puede vivir de muchas maneras. Uno de los más comunes, el rechazo a ser amado. Esto surge porque el ser amado, a pesar de que se sea sumamente aberrante leerlo, el acto de amar, es un acto del orden de lo desconocido. Solemos conocer el maltrato, la agresión, el dolor, el sufrimiento, pero no el buen trato, el reconocimiento, la ternura y el amor, y además nos aterroriza.
El rechazo surge del miedo a tener que corresponder. Una persona rechaza algo porque sabe dentro de sí que tendrá que dar algo a cambio. Por lo tanto se le relaciona a una problemática del dar y recibir.
Este, también tiene que ver con el compromiso. El no aceptar el amor de otros, es no aceptar el compromiso del alma, es el rechazo a aceptar responsabilidades que nos van a hacer a un lado de lo que deseamos hacer por y para nosotros. El rechazo a los niños, es el rechazo a la conexión con nuestro niño interior; el rechazo a la cercanía de los otros es el rechazo a la posibilidad de compartir cosas en la vida, tanto de ida como de regreso, pero también el rechazo a sentir; el rechazo a abrirnos a amar a todo lo que nos rodea, cortando y seleccionando sólo lo que uno desea y acepta es el rechazo a conocer otras formas de vida, de existencia y de amor.
El rechazo a ser amados, puede surgir por esa “falta de compromiso” que vivimos con esa madre que nos tuvo que hacer a un lado por las exigencias del patriarcado (que si bien el patriarcado existe, estos no son más que introyectos que ya adquirimos y que nos los reiteramos desde nuestro inconciente).
El rechazo surge también ante el orgullo y el ego de creer que “no necesitamos de los demás” en nuestra vida. Este tipo de rechazo, deviene de esta manera de haber sido educados en un “ámbito familiar” donde la individualidad debo decir, está basada en la competencia, la crítica y el miedo de sobrevivencia, en el precepto de que el hombre debe bastarse a sí mismo y que es “más hombre” el que puede más.
Cabe mencionar, que estas categorías, están basadas y arraigadas como todas las que aquí presento, en el miedo al amor, que en una falsa creencia nos lleva a actuar desde este alejamiento a ese amor que sí somos capaces de sentir pero que al quedar inhibido por estas creencias impuestas a través de la educación y las instituciones que la soportan, rechazamos para no dejarlo entrar en nuestros corazones.
Un símbolo del rechazo bien puede ser el personaje de la Navidad “Scrooge”, que representa a un hombre solitario, que odia a los niños, y que no desea que haya navidad para no sentir alegría y felicidad.
El precio del rechazo es precisamente esa soledad, donde un hombre que vive en ese contexto, acaba rechazando a los que lo quieren, a quienes lo valoran y lo aman; pero que este escudo que genera y coloca ante sí no permite que la gente se acerque acabando la vida como ermitaño, desolado y triste.

 

La máscara de la prepotencia

La prepotencia nos muestra la gran inseguridad que sufre el hombre cuando se siente amenazado por el exterior. Muchas mujeres confunden la prepotencia con un cierto “look” que atrae y que hace sentir a la mujer, que tiene como “galán” a un hombre “todopoderoso” “que puede y logra todo”. Es una apariencia que engaña no sólo a esa mujer que lo acompaña, sino al mismo hombre que la sufre y vive, ya que la actitud prepotente no es más que el rechazo y la falta de conexión a esa parte femenina que mora en esa alma, sufrida y minimizada por los preceptos patriarcales que se grabaron en la infancia o los traumas y shocks de los que ha sido víctima.
La prepotencia emerge como “valor” (por supuesto bastante confundido) a partir de los preceptos sembrados en los años 60s donde los “verdaderos” hombres debían ser poderosos, fuertes, incólumes, aguantar todo, callar todo, aparecer ante todos como los únicos fuertes y verdaderos.
Un símbolo de esta imagen o figura bien puede ser el que corresponde al cantante mundialmente famoso: “Elvis Presley”, quien con su arrogancia y prepotencia, “desmayaba a las mujeres”.
El precio de la prepotencia es el aislamiento, ya que todos los seres que portan esta máscara, lo que hacen es que la gente se sienta que “no los merece” con lo cual, huye de ellos para dejarlos vivir como los reyes, en su reinado de fantasía y oropel.


La máscara de la descalificación


La descalificación, el juicio, y la crítica son una misma familia. La primera tiene que ver con el intento de hacer valer la palabra de uno hacia afuera, de manera negativa y destructiva. Aquél que descalifica, se descalifica a sí mismo…más allá de los otros. Ya que esta parte de la sombra nos lleva a conocer una baja autoestima de la persona, y una forma muy destructiva de vivir.
La descalificación se hace para la persona, necesaria en la búsqueda de “calificar para sí mismo”, desde el afuera. Hay una parte de la persona que quedó destruida debido a sus experiencias de infancia o bien, por haber sido igualmente descalificado cuando niño, o bien, de venir de un origen de muy bajo nivel socio-económico a una sociedad de estructura patriarcal recalcitrante, donde los valores se asientan en el poder y el dinero.
La máscara del juicio, prima de la descalificación, tiene que ver con la manera en que el patriarcado nos ha enseñado a comparar una cosa y otra para entrar en la dinámica de la aceptación o el rechazo, lo positivo o lo negativo, lo bueno y lo malo, valores que ha impuesto el pensamiento religioso y la aceptación o no aceptación, tiene sus orígenes en el surgimiento del patriarcado, cuando se instituyen las leyes, los reglamentos y se institucionaliza a nivel gubernamental y social lo que debe de ser, y lo que no debe de ser: se castiga. El castigo corresponde a una memoria patriarcal que surge cuando se presenta el sometimiento del hombre hacia la mujer y que hoy día, se reitera en todos los niveles de su existencia.
La crítica, la otra prima, surge ante la necesidad interior de reforzarse quién es uno, en la búsqueda de identidad.
Esta, se compone de pensamientos y juicios destructivos que muestran “la carencia” de quien la ejerce…aún siendo broma, esta tiene efectos devastadores, no para la gente del exterior (que en ocasiones así, cuando las personas otorgan su poder) pero más allá de esto, es como un refuerzo constante de la reprobación que vivió el individuo, igualmente en sus años de formación.
La descalificación, el juicio y la crítica tienen su origen en los preceptos religiosos que “otorgan” la calificación de “bueno” o “malo” pero también las leyes y reglamentos que impone la estructura política, y que a estas alturas de la historia de las sociedades sabemos que no son arrojadas por el voto del pueblo. Sino que estos surgen a partir de lo que el Estado va generando como “modus vivendi” a través de la moda, los medios de comunicación (revistas, televisión, radio, etc.)
Surgen a partir de la estructura de competencia económica, y moral donde “el mejor” es el “bueno”…(claro que quién sabe ¿quién es el mejor?¿y mejor para qué?) Esta estructura favorece una economía galopante donde todo lo que se adquiere “nunca es suficiente” y además al poco tiempo “está caduca”..
El símbolo de la máscara de la descalificación bien puede ser cualquier personaje político, de cualquier país (hoy día), ya que estos, se dedican a descalificar al contrincante, y lo que buscan es precisamente, establecer esta forma de actuar donde “el otro está mal”.
El precio de esta descalificación, del juicio y la crítica es vivir perseguido por hacer “mejor” las cosas; el la persecución de estar “por encima del otro”. El que descalifica, se descalifica a sí mismo, y acaba por sentirse descalificado por todos, ya que esto, no es más que su sombra.


La máscara del control

El control es una de las máscaras más profundamente instauradas en el ser, debido a que este, funge como un instrumento de sobrevivencia (así lo enseña el patriarcado) desde donde la persona cree firmemente que a través de este, puede tener todo previsto, predeterminado y asegurado, lo que no es verdad. No confundirse con el aspecto de planificar las cosas en la vida, sino que el control tiene que ver con esperar tales o cuales resultados. Esta máscara es la más devastadora porque genera una gran frustración. Misma que puede llevar a la persona a enfermedades físicas, pero también psicológicas. El control paga uno de los más altos precios, ya que si no se cumple lo esperado, más allá de la frustración, puede llegar al trauma de que si no se hacen las cosas como lo dicho, o esperado, puede haber una reacción violenta que lleve a la persona al ataque o bien al asesinato.
El hombre es educado a ejercer control de sí mismo (no expresar, reprimir sus emociones y sus sensaciones) y si eso es lo que tiene dentro, es lo que va a emitir, a emanar y a proyectar; no hay forma de que proyecte otra cosa puesto que “como es adentro es afuera”. Por lo tanto, el hombre tiene que tomar el control de todas las cosas y pretende responder por lo que es, y tiene, a toda costa. Por supuesto que esto desde su miedo y su ignorancia, ya que el tomar el control no permite la participación de el resto de la gente, que cuando se actúa desde ese lugar, se acrecienta la posibilidad de compartir, de expandir, de crecer, de desarrollar la conciencia colectiva, de ver por el otro, de dar y recibir, de tener la capacidad para devolver, reconocer y agradecer.
El control tiene sus orígenes en los primeros años de la infancia, cuando al niño se le enseña a controlar sus esfínteres anales, de ahí van creciendo las enseñanzas para éste hasta que se logra un ser “adaptado” y listo para entrar en la convivencia social, familiar, escolar, gubernamental, etc.
El control es la personificación del “ego” desde donde este actúa de una manera negativa. Hay muchas maneras de ver al ego actuar, y una de las más recalcitrantes es esta del control. Cuando hay ego “negativo” hay control cuando hay ego “positivo” hay fuerza interior, hay una alma que reverbera, que deja huella, hay una apertura a la recepción de otros corazones, liberación y realización.
El símbolo del control en el patriarcado sería el aparato represor de los países que cuentan con ejército (que al parecer son un 99%) en el mundo. Este aparato represor se encarga de que las cosas se hagan tal como el Estado lo manda. Es una manera de controlar ya sea por la buena o por la mala pero al fin existente, donde su objetivo es reprimir y hacer obedecer a los individuos de esa sociedad.
El precio del control es el bloqueo al crecimiento. Un hombre controlador, no puede crecer y no deja que su familia crezca, y evolucione porque mutila el aprendizaje y las experiencias que esa persona necesita para crecer y ser.

La máscara de la agresividad

Cuando nos enfrentamos a una persona agresiva, estamos ante la manifestación del miedo más grande en el ser. La agresividad puede presentarse de muchas formas, puede ser física, puede ser energética, puede ser verbal o subliminal. Todas, son la misma, y todas muestran el gran miedo que imbuye al ser. Este, hace que el ser se desborde, pierda el control de sí mismo, se ciegue, no pueda ver quién es ni qué desea, ni su propio objetivo de existencia, en el momento en que este surge.
La agresividad tiene sus orígenes en la propia sobreviviencia humana donde en la antigüedad, se relacionaban desde esta, con el fin de lograr la comida y el sustento del ser y de los pueblos. Recordemos que el cavernícola tenía que defenderse no sólo de los hombres, sino de los animales y de los fenómenos naturales, por lo que esa memoria quedó plasmada en el ser…
La agresividad surge porque ya se agotaron todos los recursos que existen donde la persona pierde su libertad, su control, su deseo y su rumbo. Puede ser momentáneo, o en el caso de la senilidad, puede ser por largo tiempo, lo que obliga a las personas cercanas a retirarse o bien a controlar desde la medicación. La agresividad es una respuesta a un imaginario, ya que la persona está precisamente creyendo o pensando que domina y controla aquello que está afuera y que ella es la que “mueve” o “hace que se mueva” todo lo que está a su alrededor, y por supuesto para su conveniencia (me refiero a la conveniencia porque conviene a sus intereses o bien por conveniencia con manipulación).
El símbolo de la agresividad puede ser los asesinos que matan en los países como México, que bien puede ser móvil político, económico o psicopático. Este perfil se ha expandido a todo el mundo, ya que esta máscara cada vez se propaga más en el hombre sobre todo porque en este momento observando la energía es el momento de que todo lo que queda en la sombra patriarcal se está descubriendo cada día más.
El precio de la agresividad es el alejamiento del amor y todo lo que ello implica. Cuando nos enfrentamos a un cuadro agresivo, ya sea personal, ya sea familiar, ya sea social, ya sea mundial lo que sobreviene es un desamor, desaliento y desilusión. Todo ello nos lleva a deprimir nuestro deseo de vivir, nos aleja de la alegría y nos lleva a un estado de desilusión. La agresión, puede desatar cualquier tipo de miedo o de cohibición de cualquier función corporal (no me refiero por los golpes recibidos sino por lo que esto genera).

“El hombre mutila su sentir, sus emociones, el lenguaje de su alma, para no mostrar su debilidad y vulnerabilidad, que son reprobadas por el sistema de creencias patriarcal.”

Antecedentes de una sociedad “inclusiva”: la sociedad agraria

La estructura patriarcal, volviendo al principio, surge posterior a la estructura de la sociedad agraria, que mencionaba con anterioridad. Esta estructura fue formada en base a un control y manipulación que como vemos se fue formando con la sociedad, con la religión y posteriormente se alía la medicina convencional. Sin embargo, esa estructura social donde la mujer reinó, dirigió, gobernó, guío, en todas sus formas y en todas las sociedades, sí dejó rastros y huellas como figuras, vasijas, objetos que representaron esta sociedad femenina, que mucho cuidado han tenido los gobiernos de no mostrar, ya que se sabe que en muchas partes del mundo existen figuras de diosas que no se muestran (como las que moran ocultas en todo un sótano del Museo de Antropología en México) porque esto nos llevaría a recordar ese legado femenino, que de por sí, aún en estas condiciones de olvido, amenazan a la sociedad patriarcal. El caso de Marija Gimbutas, quien hiciera los hallazgos de la parte de Europa central en los años cincuentas del siglo pasado, es muy representativo de lo que ahora menciono. A ella le fue prohibido y fue amenazada si sacaba a la luz los hallazgos hechos por ella donde se muestran todas estas figuras representantes de los gobiernos femeninos y que son testimonios de esta sociedad.
Actualmente se sabe que los gobiernos de las mujeres, antes del patriarcado, fueron inclusivos, donde estas, lograban que toda la sociedad participara de manera igualitaria en las labores de la comunidad. Se dice que al no saberse el origen de la gestación, en los ritos antiguos, hombres y mujeres copulaban no con el fin de crear, ya que no se sabía de dónde salían los hijos. Se creía que la mujer se embarazaba porque el espíritu del río escuchaba sus plegarias y la llenaba de felicidad con un hijo…entre otras creencias, según los pueblos.
En esta sociedad, no había propiedad privada, ni paternidad, ni una religión orientada a adorar a un dios masculino. Esto, permitía que todos participaran de una manera equitativa en las labores de la comunidad.

Rememorar es sanar

Un antropólogo reconocido, Mircea Eliade, dice que “rememorar, es sanar”. Y esta es la base en la que se fundamenta la razón de porqué los gobiernos no permiten que salgan a la luz las estatuillas y todos los testimonios arqueológicos de aquella sociedad femenina…hay una memoria, que si se llega a recordar, el simple hecho de estar en la mente, crea esa realidad. Esta es la razón por la cual no se muestran a la luz, todas las figuras femeninas que existen en todos los sitios arqueológicos del mundo.
Un hecho que llama la atención es el descubrimiento de la Tlaltecutli, una diosa que se ha hallado en forma de monolito en el centro de la Cd. de México, completa, que muestra en su útero un hueco que aún con las pinturas originales, se observa un fuego interno, vivo, mostrando la energía de vida, con sus brazos y piernas completas, y fue hallado en el año 2006. Hoy día “se dice” que está en restauración…y aún no la sacan a la luz pública. No obstante, esta diosa representa lo contrario a la diosa que se encontró en ese lugar que es la Coyoxauqui, hija de Coatlicue, quien fue desmembrada por su hermano Huitzilopochtli.
Esta diosa representa un símbolo de la mujer mexicana, que “nace” de ese útero activo, completa y que además contiene todos los colores. Esta, es una diosa que inicia la existencia y rememoración de la psique femenina, recuperada.

Volver al origen

Estos eventos, muestran símbolos que nos llevan a concluir que si la mujer recupera su poder, el poder del conocimiento, el poder de la creación de la vida, el poder de la sexualidad y sensualidad, el poder de la aceptación, y la forma de guiar, tal como lo fue en los tiempos pasados, ¿no seríamos más plenos y felices todos? ¿no tendrían los hombres una educación (dada por nosotras mismas) equilibrada y no agresiva? ¿no sería entonces el gobierno de una madre amorosa y no una madre siniestra que ha otorgado el poder a su marido? ¿no sería el gobierno de la mujer que rige con el sentido, su intuición, su percepción, aparte de su conocimiento y sabiduría?
Volver al origen es poder descansar en un ámbito donde todos participan, donde todos opinan, donde todos son importantes, donde no hay segregación, mutilación para la mujer, juicio, crítica, censura, donde no hay inseguridad porque lo que está es la enseñanza de la madre, que acoge a todos sus hijos, tal como era antes de Cristo.

Una propuesta de trabajo

No se trata aquí de fantasear ni de idealizar, creo que mi deseo es que podamos ver y valorar este tipo de vida para poder generar o proponer otro, que en grupo salga avante por si solo y genere más unión y no mutilación entre los seres.
Así como pudimos ver la existencia de una sociedad que lastima, castiga, corta, divide, somete, agrede, la propuesta es empezar a trabajar en unión, con la meta de poder llevar los problemas a un sitio de análisis conjunto, de bienestar para todos y no para algunos, en un ámbito amable, amoroso de comunicación.
Donde no haya superiores, pero acuerdos, donde cada voz se escuche, donde no haya maltrato ni asesinatos ni a mujeres ni a niños, ni abusos a los ancianos, ni alejamiento de ninguno, sino comunicación y buena voluntad.
Sé bien y se me queda para otro texto que es la mujer la que tiene que proponerse superar todas las ataduras de las cárceles en las que vivimos, pero también el hombre deberá buscar activar su voz (no desde su orden dictatorial), deberá tratar y trabajar con la mujer desde su amabilidad y apertura del corazón, para buscar un trato justo y digno, no de crítica o de censura (patriarcal) ya que como lo vimos arriba, esto también lo fastidia y lo acaba en todo el sentido de la palabra.
En breve, balancear todo lo que arriba analizamos para poder polarizar los miedos que nos llevan a la muerte interior.
Y todo lo que sembremos, lo recogeremos, porque todo está sujeto a la ley: “Causa-Efecto”, que para los tibetanos, no es más que la ley del Karma.

 



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