Parto orgásmico: testimonio de mujer y explicación fisiológica.
A propósito del artículo publicado en El Mundo el 23.03.09 de VIV GROSKOP (The Guardian) en relación con el documental estadounidense sobre Parto Orgásmico (www.orgasmicbirth.com)
Los testimonios de mujeres que han tenido partos orgásmicos han sido recogidos por la sexología científica desde mediados del siglo pasado; Juan Merelo Barberá presentó un informe al respecto en el congreso de Ginecología de París en 1985 (1). Algunos de estos registros son: Alfred Kinsey del Institute for Sex Research de la Universidad de Indiana (EEUU) que cita tres casos (2); Masters y Johnsons del Reproductive Biology Fundation (Missouri, EEUU) citan doce casos en su libro Human Sexual Response (3); Shere Hite (4), en su Informe, dice haber recogido varios testimonios sin decir el número (con una cita textual de una mujer que aseguraba había sido el mayor orgasmo de su vida); en España, Serrano Vicens (5) se encontró algún caso, y el propio Juan Merelo halló nueve casos en su investigación; en Francia el Dr.Schebat del Hospital Universitario de Paris, en el propio hospital, registró, en un total de 254 partos, 14 casos de partos orgásmicos (2). Juan Merelo no cesó de insistir en que es más frecuente de lo que podamos pensar. La cifra que nos da ahora Ina May Gaskin (32 de 151 partos) es más alta, posiblemente debido a que se trata de partos en condiciones más naturales.
¿Roce de la cabeza del bebé en la vagina o eufemismo del dolor, como se apunta en el artículo de El Mundo?
La mediación familiar para resolver conflictos es una garantía de cara a intentar paliar el dolor y culpabilidad de los hijos ante la separación conflictiva de sus progenitores
Los Servicios Sociales y la Concejalía de Infancia y Familia facilitan gratuitamente un espacio donde se hacen las entregas y recogidas de los menores con familias en separación, denominados Puntos de Encuentro Familiar. Su objetivo es tender puentes educativos para los padres que en medio del conflicto de su relación de pareja pueden acabar haciendo daño a sus hijos inintencionadamente, en la mayoría de los casos.
Los ayuntamientos de las diferentes comunidades autónomas españolas, también ponen al servicio de los ciudadanos otros servicios sociales gratuitos como las escuelas de padres que tienen como fin enseñarles a sanar y resolver sus conflictos como adultos como etapa previa para educar a sus propios hijos en medio de las circunstancias adversas de su ruptura matrimonial. Se trata, por tanto, de ayudar a sanar los problemas emocionales de los progenitores que lamentablemente acaban atravesando el corazón de los hijos.
Los padres no lo tienen más fácil para conciliar la vida familiar y laboral. Los padres que deciden tomar una excedencia laboral para cuidar de su hijo en lugar de sentirse obligados a mandarlos a la guardería a los pocos meses de nacer, están amparados por la ley, pero siguen corriendo riesgos a ser discriminados por su empresa o incluso despedidos, en el peor de los casos.
A pesar de que la legislación española está dando pequeños pasos en cuanto a facilitar legalmente la conciliación de la vida laboral y familiar, los padres españoles más osados y concienciados de la importancia de su participación en el cuidado de sus hijos lo tienen también muy complicado a la hora de convencer a sus jefes de que prefirieren dedicarse a sus hijos unos meses que a desarrollar su carrera profesional.
Frente al agobio, la confusión y el cansancio que padecemos cuando tenemos hijos pequeños, las mujeres quisiéramos tener a mano una serie de “obligaciones” para endilgar al varón a quien percibimos más libre y autónomo y con una vida que no ha cambiado tan drásticamente como la nuestra. Somos las mujeres quienes necesitamos creer que un “buen padre” se ocupa de tal y cual manera de los hijos que tenemos en común. Pero cuando esto no ocurre, nos abruma el rencor y la desilusión.
Los “roles” que cada uno asume son hechos culturales. O personajes que repartimos entre todos para que una escena pueda ser representada. De modo que, cuando un niño “entra en escena” (o nace), se nos desacomodan todos los roles que teníamos asignados. Las mujeres nos encontramos en lugares que no habíamos dispuesto para nosotras mismas, nos sentimos afuera del mundo, solas, exageradamente demandadas, desgarradas entre permanecer en los lugares donde habíamos forjado nuestra identidad, o pendientes de las necesidades del niño pequeño. Frente a este panorama, observamos al varón que no está ni desgarrado, ni peleado entre nuevas y viejas identidades, ni malherido, ni agotado. Por lo tanto, nos resulta evidente que tendría que asumir parte de las tareas que por carácter transitivo de género, hemos asumido las que hemos devenido madres. Y ahí se ponen de manifiesto los desacuerdos ocultos de la pareja.
Cuando la furia emocional nos desborda -especialmente si somos aún muy jóvenes-, y cuando no logramos desplegar nuestras alas sometidas al deseo omnipresente de nuestra madre, creemos que seremos capaces de rechazarla a través de otras entidades nutricias, como por ejemplo, el alimento. Así es como iniciamos esta guerra de deseos. Si ganamos esa batalla, nos sentimos poderosas. No comer, ser capaces de decir “no”, no tentarse, no tener hambre, no necesitar del otro, es el trofeo alcanzado. Eso se llama anorexia. Alcanzamos la ilusión de estar demostrándole a nuestra madre que no la necesitamos y que podremos sobrevivir sin ella. Aunque en el fondo estemos desesperadas de amor materno.
Es evidente que el problema no reside en el hecho de no comer, sino que la anorexia es la herramienta ideal contra la invasión del deseo ajeno. Por eso es ridículo que nos obliguen a comer o que controlen cuánto alimento ingerimos, ya que en esos casos reaparece una “entidad externa” con un deseo bien definido que pretende anular el nuestro. Ninguna anoréxica “desearía” comer más. Al contrario. No comer nos permite imponer nuestro deseo y eso nos otorga seguridad. Mientras no comamos, estamos orgullosas de estar ganando la batalla.